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Ambientación

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Ambientación

Mensaje por Administracion el Jue Mayo 19, 2011 7:13 am

Atlantis.

Legendaria. Mística. Dorada. Misteriosa. Gloriosa y mágica.

Hay quienes afirman que nunca existió.

Pero también hay quienes piensan que están a salvo en este moderno mundo de armas y tecnología. A salvo de todos los antiguos demonios. Incluso creen que los hechiceros, los guerreros y los dragones murieron hace tiempo.

Hay tontos que se aferran a su lógica y su ciencia, pensando que ellas van a salvarlos. Nunca serán libres o estarán seguros, no mientras se rehúsen a ver lo que hay delante de sus propios ojos.

Porque todos los antiguos mitos y leyendas tienen origen en la verdad, y a veces la verdad no nos libera. A veces nos esclaviza aún más.

Pero vengan, quienes son imparciales, y escúchenme contar un cuento acerca de la historia del más perfecto paraíso que jamás existió. Más allá de los míticos Pilares de Heracles, en el gran Egeo, hubo una tierra una vez orgullosa que abrigó a una raza mucho más avanzada que cualquier otra anterior o posterior.

Los dioses nunca pensaron en crearlos.

Durante siglos se pasearon por los cielos, lloriqueando por su necesidad de seres a los que dirigir, nutrir y gobernar. Añoraban fervorosamente un reino desbordado con leales, agradecidos y obedientes sujetos.

Y así, nació la idea del Hombre.

El rey de los dioses fue sacrificado, su sangre se mezcló con la tierra, el aire, el mar y el fuego; formando criaturas vivas. Pero los elementos eran inestables, las medidas de las partes desproporcionadas, y el resultado fue atroz. Los seres que crearon no eran lo que los dioses habían previsto, en aspecto o carácter. No eran leales o agradecidos, menos aún obedientes. Ellos eran Dragones, Minotauros, Vampiros, Nymphs, Formorians —y demasiados más nombres—, eran rivales poderosos, usurpadores potenciales al real e inmortal trono.

El miedo hizo erupción en el cielo.

En un arranque de pánico, los dioses maldijeron a cada horrorosa creación a una vida bajo el mar, a vivir para siempre vinculados a una ciudad conocida como Atlantis. El único recordatorio de su presencia era El Libro de Ra Dracas, que detallaba la creación y debilidades de cada raza.

Pasaron los siglos.

Como ocurre siempre, el tiempo envolvió a los dioses en una absolución al olvido, sepultando el recuerdo de sus errores pasados. Solo conocían su creciente necesidad de compañía e intentaron una vez más crear al hombre.

Esta vez tuvieron éxito, y la raza humana nació.

Muy pronto, comenzó la era de la armonía: los dioses se inmiscuían en la vida de los humanos siempre que lo deseaban, y el Hombre adoró a los dioses. Solo existía una tácita regla. Las dos creaciones inmensamente diferentes, humanos y Atlantes, nunca debían encontrarse, nunca se relacionarían y nunca se enamorarían.






Fundada en las antiguas brumas del tiempo por el primordial dios Archon, Atlantis tomó su nombre de la hija mayor de Archon, Atlantia, cuyo nombre significaba "delicada belleza." Archon conjuró la isla con la ayuda de su tío, el dios del océano Ydor, y su hermana Eda –tierra— para otorgarle la tierra a su esposa Apollymi para que pudieran poblar el continente con sus frutos divinos, que tendrían todo el espacio necesario para crecer y juguetear.
Apollymi lloró con tanta alegría ante su regalo, que sus lágrimas inundaron la tierra y convirtieron a la Atlántida en una ciudad dentro de otra ciudad. Islas gemelas rodeadas por cinco canales de agua.

Allí, ella daría a luz a sus hijos inmortales.

Pero pronto se descubrió que la gran Destructora, Apollymi, era estéril. A pedido de Archon, Ydor habló con Eda y juntos crearon una raza de Atlantes para poblar las islas y traer alegría nuevamente al corazón de Apollymi.

Funcionó.

Dorados y hermosos en honor a la reina diosa, los Atlantes eran muy superiores a cualquier otro. Por sí mismos le dieron placer a Apollymi y lograron que la gran Destructora sonriera.
Amantes de la paz y justos, como sus antiguos dioses, los Atlantes no conocían la guerra. Ni la pobreza. Usaban sus mentes psíquicas y su magia para vivir armoniosamente dentro del equilibrio de la naturaleza.

Pero cuando el tiempo pasó y otros panteones y otras personas comenzaron a desafiarlos, los Atlantes se vieron forzados a luchar por su patria.

Para proteger a su gente, los dioses Atlantes entraron en un constante conflicto con el advenedizo panteón Griego. Para ellos, los griegos eran niños que luchaban por la posesión de cosas que jamás entenderían. Los Atlantes intentaron ocuparse de ellos como cualquier padre lo haría con un pequeño furioso. Equitativamente. Pacientemente.

Pero los griegos no querían oír su antigua sabiduría. Zeus y Poseidón, entre otros, estaban celosos de las riquezas y la serenidad de los Atlantes.






La envidia cada vez se apoderaba más del panteón griego, estos no tenían seres sobre los cuales gobernar, no existían quienes los veneraran y creyeran en ellos, así nació la idea del hombre, sin ser capaces de crear vida sin dar algo a cambio sacrificaron a Cronos, su sangre se vertió sobre la tierra mezclándose con diferentes elementos, creando vida a partir de lo que tocaban… Pero lo que crearon no era lo que esperaban, en vez de una sola raza inferior a ellos a la cual controlar, nacieron una gran variedad de ellas, todas con diferentes habilidades y naturaleza, criaturas nacida de la luz, llenas de bondad, y otras completamente oscuras sin una pizca de amor en ellos, incapaces de seguir ordenes, sin compasión, demostrando que podían llegar a ser verdaderos rivales de los dioses.

Lentamente el temor comenzó a crecer en el interior de las deidades, temiendo que su poder y su trono fuera usurpados, los expulsaron de la tierra, condenándolos a vagar sin tener un lugar en el cual vivir, huyendo de sus creadores los cuales no podían permanecer cerca de estos. Para suerte de ellos o pesar un dios decidió compadecerse, aunque la compasión no es un sentimiento que estos posean, pero él les ofreció una oportunidad y los guio hasta las costas de Atlantis.
Los Atlantes se compadecieron de las razas desterradas, los cuales parecían dioses, que había sido perseguida por los griegos. Veían a estos seres como primos y los acogieron mientras acataran las leyes Atlantes y no causaran conflictos.





La compasión de los Atlantes por los nuevos habitantes, solo aumento el temor de los dioses, sabían que si estos se unían podían derrotarlos, lo que los llevo a buscar una manera de enviarlos completamente al olvido, pero sabían que al hacerlo se enfrentarían a los Dioses Atlantes, los cuales durante todo el tiempo no habían conseguido superar o igualar, en el momento en el cual se dejaron llevar por la envidia y lo intentaron sellaron sus destinos, sus misma creaciones un día los destruirían…

Los destinos proclamaron que un niño nacido en Atlantis seria el final de todos ellos...
“Él nacerá cuando la luna trague al sol y Atlantis sea bañada por una oscuridad total. Su majestuosa madre llorará por miedo a su nacimiento”

Una por una, los tres Destinos pronunciaron una sola oración de profecía.
"El mundo como lo conocemos, terminará."
"Todos nuestros destinos descansarán en sus manos."
"Como un dios, cada capricho suyo será el dominio supre
mo."

Esto solo sirvió para aumentar más el temor de los Griegos y para sembrar la duda en los Atlantes, los primeros intentaron convencer a Archon acerca de que también sería el final de ellos que debían destruir Atlantis y todos los seres que en ella habitaban, pero la Gran Destructora la diosa Apollymi se opuso a ver como destruían a sus Atlantes… Los dioses sabían que no podían enfrentarse a ella, a pesar de ser solo una su fuerza era superior a todos ellos, por lo que unieron sus fuerzas para encerrarla en Kalosis el infierno Atlante, lugar en el que permanecería hasta que un hijo de su propia sangre la liberara, para el pesar de la diosa no existía ningún ser nacido de su vientre que pudiera liberarla de su prisión, lo que la condenaba a una eternidad de soledad en Kalosis.

Una vez que la diosa ya no pudo detenerlos Atlantes y Griegos unieron sus poderes para desaparecer la ciudad, lentamente las aguas la fueron cubriendo destrozando todo lo que tocaban, arrasando con construcción, diezmando vidas, destruyendo poco a poco el esplendor que una vez Atlantis tuvo. A pesar de encontrarse encerrada y no poder evitar que su apreciada Atlantis se hundiera en las profundidades del mar, pudo hacer que con sus poderes una especie de escudo invisible la rodeara, consiguiendo detener el daño que el agua ocasionaba, consiguiendo preservar la vida de algunos Atlantes y de otros seres…

Los demás dioses al descubrir lo que ocurría y conociendo la limitación de sus poderes, sabían que no podían destruir lo que la destructora había creado, y temiendo que los habitantes de Atlantis consiguieran encontrar la manera de escapar a la superficie los maldijeron…
Vivirían para siempre encadenados a la ciudad, condenados a vivir bajo la superficie, sin poder ver nunca más el sol, sin poder caminar nuevamente en la tierra en la cual habían nacido…




Desde sus tronos los dioses se volvieron ignorante de lo que sucedía en Atlantis, pero el recuerdo de los Atlantes del amor que sintieron por su creación lamentaron lloraron la muerte de aquellos seres que una vez amaron, Archon al ver como sus Atlantes perecieron decidió darles una nueva oportunidad, con ayuda de sus hermanos les devolvió la vida que él y los griegos les arrebataron, aunque esta vez no le entregaron conocimientos, ni edificaron una ciudad para ellos, sino, que los dejaron vagar por la tierra para que ellos aprendieran a sobrevivir, alejados de la perfección que una vez conocieron. Dejándolos solos sin su ayuda sin presentarse frente a ellos, y borrando todos los recuerdos de lo que una vez fueron.

Con el tiempo, como sucede con todo el olvido envolvió a los dioses, sumiéndolos en la soledad, aumentando su necesidad de compañía, pensaron que quizás la podrían encontrar en los Atlantes, los griegos poco a poco fueron acercándose a ellos, inmiscuyéndose en sus vidas, viendo como los antiguos habitantes de Atlantis se fueron marchitando, como sus cuerpos, sus poderes… se fueron extinguiendo, la creación que una vez fue perfecta ya no lo era… se habían convertidos en seres ignorantes, temerosos de lo que no conocían, que se dejaban llevar por sus emociones, la que no siempre eran buenas, la pureza y bondad que una vez existió en los Atlantes se había extinguido dejando frente a ellos, la más imperfecta creación de los Dioses los Humanos.

Estos seres eran mucho más inferiores a sus predecesores, pero también eran más manejables, estos los adoraban, se convirtieron en los juguetes perfectos de las deidades griegas.

Mientras los Dioses Atlantes seguían lamentándose por haber creído en los griegos, viendo como sus creaciones terminaban convirtiéndose en simples marionetas de otros, como conocían la envidia, avaricia, soberbia, los dioses temían que terminaran por destruirse, sus antecesores, habían sido pacíficos, pero los humanos parecían amar derramar la sangre de sus iguales…

El panteón Atlante al saber que el Atlantis aun existía la vida hicieron un pacto con los griegos.
Una regla tacita se estableció.
Las dos razas completamente diferentes, humanos y atlantes, nunca debían encontrarse, nunca se relacionarían y nunca se enamorarían…




Mientras los Dioses Atlantes y Griegos se lamentaban por sus errores, Apollymi se encargaba de entregarle los medios a los habitantes de Atlantis para resurgir, con lentitud ellos fueron
reconstruyendo cada cosa que fue destruida, poco a poco las calles de la ciudad fueron volviendo a la vida, las construcciones, templos, hogares se volvieron a levantar con el mismo esplendor de antes, la destructora no iba permitir que aquellas criaturas que habían tomado el lugar de los hijos que no pudo tener sufrieran más aun, estaban condenados, pero ella les daría un pequeño paraíso, para mitigar el dolor que sabía que sentían al ser prisioneros como ella lo era.

A medida que los años avanzaban, los atlantes comenzaban a surgir, las razas se fueron mezclando, haciendo que nacieran nuevas generaciones y que las calles se poblaran, era posible volver a escuchar risas, amores, amistades y alianzas comenzaban a surgir, por lo que la necesidad de líderes se hizo presente, como todos los atlantes confiaban ciegamente en Apollymi, esta fue quien decidió quienes gobernarían y serían sus representantes en Atlantis, un ser de cada poder y naturaleza fue elegido, cinco reyes fueron nombrados, un descendiente del Aire: Aetos un dragón de aspecto fuerte al que su gente temía y respetaba, un descendiente del fuego: Dianthe una demonio, de carácter fuerte que se hacía respetar por los suyos, un descendiente del Agua: Valerian un oscuro y seductor Nymphs, un descendiente de la tierra: Erin una fuerte amazona y por ultimo un descendiente de la oscuridad: Layel un leal vampiro. A pesar de todas sus diferencias estos se comprometieron a trabajar en conjunto y a conseguir que Atlantis surgiera y volviera a ser la misma que una vez fue.

La diosa no podía abandonar Kalosis por lo mismo no siempre podía estar en contacto y ayudando a los Atlantes por los que les entrego a la joya de Dunamis, una joven nacida de una sirena y uno de los dioses, la que había sido maldecida con el don de conocer todos los secretos de quienes la rodeaban, de ser capaz de ver hacia el pasado como el futuro, alguien que podía resultar una gran ayuda a sus gobernantes y que también podía ser usada como una arma contra sus enemigos, esta fue dejada bajo el cuidado de Aetos, pero que siempre debería responder ante cualquiera de los reyes que requiriera de ella.

La paz y la armonía eran capaz de respirarse por toda Atlantis, los seres que en ella vivían aun no sucumbían ante las ansias de poder, ni eran tentados como los humanos por los pecados, seguían manteniendo la paz que una vez poseyeron los primeros Atlantes creados para alegrar a Apollymi.





Una década después de que los cinco reyes fueron elegidos, como ocurre con todo la época de paz comenzó a llegar a su fin, la envidia, la soberbia, la avaricia, todas comenzaron a apoderarse de los corazones de los lideres, aunque en especial de uno de ellos, el ansia de poder que crecía en Aetos, fue eliminando cada resto de bondad y respeto que su gente sentía por él fue muriendo, transformándose sólo en temor. De todos los reyes el dragón parecía ser el más poderoso, el mismo al que la diosa le confiaba todo y quien debía hacer de intermediario entre ella y los otros.

Quienes lo rodeaban se mantuvieron leales a él, para no desagradar a la diosa y que esta los abandonara como los antiguos dioses habían hecho.

Pero no todos parecían temer el castigo que Apollymi podía decretar por oponerse al preferido de la diosa, Layel, el rey que representaba a la oscuridad, estaba cansado de escuchar las constantes quejas de su gente, cansado de ver los errores que cometía el otro rey, motivo por el cual comenzó a idear un plan en el cual poder hacer que la diosa entregara el poder de los dragones a otro de los descendientes del aire.

Al ser consciente de lo que Layel se proponía, Aetos se propuso detenerlo, y que mejor forma de hacerlo que tomando lo que el mas amaba, su esposa, una atlante de gran belleza de la cual el vampiro estaba profundamente enamorado y por la cual en el comienzo, incluso se había atrevido a desafiar a la diosa la cual se negaba a dejar que ambos compartieran su vidas, pero que finalmente había cedido, cuando la Joya de Dunamis proclamó que aquello debía ocurrir y que el destino no debía ser alterado.

Durante una de las reuniones en el templo de Cronos, reuniones en las cuales solamente los reyes nombrados por la diosa podían estar, ni siquiera sus consortes eran aceptadas en el templo, por lo que Aetos vio aquello como la oportunidad perfecta para llevar a cabo su plan, el que consistía en raptar a la esposa de Layel y mantenerla como prisionera hasta que diera a luz y quedarse con el heredero del rey vampiro para controlarlo. Por lo cual durante la reunión envió a sus hombres más leales para que tomaran a la mujer y la llevaran hasta sus castillos.
Cuando el vampiro volvió a su hogar y descubrió lo que había ocurrido tomo su ejército y se dirigió hasta la fortaleza del rey dragón con la intención de recuperar lo que era suyo….



Durante toda la noche el ejercito de Layel avanzó hasta la ciudad central, cuando él y sus hombres finalmente llegaron hasta el lugar el amanecer ya había llegado y con él, la profecía de los destinos parecía estar por cumplirse, la luna estaba por cubrir al sol sumiendo a todo el mundo en la oscuridad….

Aetos estaba esperando por la llegada del vampiro sabía que este no tardaría en ir por su esposa y lo esperaba con una emboscada que los sorprendió haciendo que gran parte de los vampiros cayeran y que su rey fuera tomado prisionero, tal cual lo había previsto el dragón. Una vez que el otro líder fue conducido hasta una de las salas reales, Aetos se dispuso a explicarle cuál era el plan, pero… las cosas no salieron según los planes, Layel no parecía para nada interesado, era como si el amor que sentía por su esposa e hijo no nacido hubiera muerto, aunque la verdad era otra, éste sólo lo ocultaba esperando que al ver que no le importaban no fueran dañados, por desgracia Aetos no era alguien que tendiera a darse por vencido por lo cual decidió ver hasta donde era capaz de soportar el otro rey antes de rendirse frente a él.

Encadenado contra una de las paredes de la sala, los oscuros ojos del vampiro observaron cómo su amada era golpeada, torturada, humillada y él era incapaz de hacer algo, a pesar de que luchó con tanto fervor contra las cadenas que el metal cortó traspasando la piel y el músculo, casi deslizándose hasta el hueso. No le importaba, continuó luchando. ¿Qué uso tenían las manos sin su amada para acariciar?
El rey dragón ordenó que lo liberaran y que le permitieran ver de cerca el cuerpo que de su esposa que yacía inmóvil en el suelo, le impidieron que se acercara a ella, que pudiera tocarla que pudiera despedirse de la mujer que amaba

Cassandra estaba a unos metros de distancia, su una vez vibrante, hermoso cuerpo desnudo, ahora violado y quemado. A su alrededor, los dragones responsables riéndose, sus voces flotando dentro y fuera de su conciencia.

En aquél momento el rey deseo morir con ella y su hijo, pero los dragones no se lo permitieron, mientras lo tomaron y se lo llevaron para arrojarlo fuera del castillo, escuchó a lo lejos los gritos de una mujer pero fue incapaz de reconocer de quienes provenían, una vez ya en el exterior le sorprendió ver como un eclipse había conseguido llenar de oscuridad Atlantis, lo que hizo recordar la profecía de los destinos, y él no fue el único en recordarla en el interior del castillo dos niños nacieron al mismo tiempo, ambos mientras sus madres lloraban una por el dolor y la otra porque sabía que no lo vería crecer, que su vida se estaba acabando, el hijo de esta última fue arrebatado de sus brazos mientras la mujer moría, el niño que debería ser el heredero al trono de los vampiros fue entregado a una de las empleadas quien debía encargarse de eliminar al niño, pero fue incapaz de hacerlo con sus propias manos, sólo lo abandonó en una de las calles, a la vez que todos en el castillo celebraban el nacimiento del heredero de Aetos un pequeño al que su padre llamo Darius…

La profecía de los destinos se había cumplido uno de aquellos dos niños se convertiría en el destructor de los dioses…



Siete años han pasado desde la noche en que la vida de Layel fue arrebatada, el rey aún llora por la muerte de su esposa e hijos y día a día planea una forma en la cual vengarse Aetos, y el momento en el cual lo hará, ha llegado, durante todo este tiempo el vampiro ha pensado en cómo hacer que el dragón se arrepintiera de lo que había hecho, no había forma de que aquél día, él no llevara a cabo su plan.

Completamente solo, se dirigió hasta el castillo de Aetos, con la intención de acabar con la vida del otro rey, no tomaría la vida de la esposa de este porque ella ya había tomado la decisión de acabar consigo misma, pero aún existía el problema del niño, no lo asesinaría pero temía que al dejarlo vivo lo castigaría, y en sus planes no entraban castigar a un inocente, durante siete años había asesinado a cada dragón que había participado de la tortura de su mujer, pero nunca dañó a un inocente y esa noche no sería la primera vez que lo hiciera.

Con la ayuda de uno de los muchos soldados inconformes con Aetos, consiguió infiltrarse en el castillo, llegando hasta los aposentos del rey, a diferencia de su contraparte, Layel no era un sádico que disfrutaba con hacer sufrir a otros y a pesar de que deseaba hacerlo en esta ocasión, se inclinó sobre el cuerpo que descansaba sobre la gran cama de la habitación y de un sólo golpe cortó la cabeza del dragón el que ni siquiera fue capaz de notar la amenaza, pero alguien sí lo había hecho, cuando la mirada del vampiro se dirigió hasta la puerta que acababa de ser abierta se encontró frente a los inocentes ojos de un niño que había visto como asesinaban a su padre, pero que tampoco hizo nada por advertir a los guardias, ni siquiera cuando se acercó hasta él para salir de la estancia.





La muerte de Aetos el antiguo rey dragón, pareció no afectar a los demás gobernantes, ni a sus súbditos, nadie pareció llorarlo, ni reclamó venganza por su muerte, era como si este se hubiera convertido en el primer paso para traer la paz, los demás reyes no tenían problemas entre ellos y el joven rey dragón no significaba una amenaza, y parecía dispuesto realmente a ayudar a su gente, era un líder completamente diferente a su padre y a pesar de su corta edad, era respetado y querido por los suyos, lo que lo volvía intocable, más cuando él aún poseía el control de la Joya de Dunamis y se estaba convirtiendo en el favorito de la diosa, la cual al no tener hijos pareció llenar el espacio vacío de su corazón con el joven Darius, tratándolo como si este fuera su propio hijo, aunque para pesar de ambos nunca pudieran realmente verse, por la maldición que recaía sobre la diosa.

A medida que los años fueron pasando Darius fue creciendo, guiado por la diosa y por Vorik, el guardián de la niebla encargado de cuidar de los portales y evitar que los humanos se adentraran en Atlantis, también fue acompañado de Amethyst o más conocida como la Joya de Dunamis, quien se convirtió en la consejera del nuevo rey a pesar de que la joven debía responder ante los cinco líderes, al igual que la diosa ofreció su lealtad al nuevo rey dragón.




El descontento nuevamente comenzó a apoderarse de los reyes, el nuevo rey descendiente del aire parecía aun más favorecido por la diosa que el anterior, los secretos que a él se le confiaban no les eran revelados a nadie más, temían que él conociera sus secretos que supiera cómo vencerlos, mientras la diosa y la joya estuvieran con él, la ventaja le pertenecía el conocimiento que una representaba y el poder de la otra, lo hacían casi invencible, por lo que Vampiros, demonios y Nymphs decidieron unir sus fuerzas y encontrar la manera de desarmarlo, contra la diosa no podían hacer nada pero si podían arrebatarles el conocimiento que representaba la joya de Dunamis volviéndose ésta, su objetivo principal.

Una noche, los ejércitos de los tres envidiosos reyes, con la creación de una nueva alianza indefinida, se adentraron en la ciudad central, asaltando el casillo del Rey Dragón, sembrando un sendero de destrucción y sangre, los dragones no encontraron alguna posibilidad de defenderse. Mientras tanto, a Dianthe, la reina demonio, se le encomendó encontrar a la joya de Dunamis. Entonces, a causa de la misión que se le había asignado, fue que ella se separó de todo el grupo para adentrarse en las habitaciones del castillo, recorriendo aquellos inquietantes lares, hasta dar con la que en su daba refugio a la joven que buscaba, la cual sabía claramente que era lo que ocurriría esa noche y que por no alterar el destino de todos había decidido callar, no se opuso a la orden de seguir a la Reina, sino que lo hizo en completo silencio, resignándose a su destino.

Rompiendo el juramento que se habían hecho, se llevó a la joya con ella y ordenó a su ejército abandonar el lugar dejando a los otros dos reyes peleando aquella batalla por su cuenta, mientras que ella se marchaba, conservando la única ganancia, que obtendrían de aquella guerra, pero sin duda, una victoria muy valiosa.




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